CUARENTENA COVID-19: DÍA 23


No sé bien que paso el resto de los días, solo sé que tengo la sensación de éxtasis colectivo atravesado por todo mi cuerpo.

Noches sin dormir, pensamientos viajeros, escribir, escribir, escribir, como si eso sanara, como si el hecho de poner en palabras nuestras ideas sea un camino que conduce solamente a la desesperada catarsis.

Agradecer por tener salud se convirtió en un ritual. Mi libro a medio terminar, me pide a gritos su final – ya lo hubiera tenido, sino hubiera sido porque una pandemia mundial me hubiera hecho priorizar el sobrevivir en esta sociedad capitalista que por el sublimar utópica mente mis proyecciones mentales-.
Hoy por fin, logro sentarme frente a una página en blanco, y darle color, negro, pero color al fin. No esta vacía, la estoy llenando, y al mismo tiempo me voy desgranando de toda esta locura que parece no tener final.

Mis días están cambiados, las noches son más largas, el otoño aun no hizo estragos en mis fosas nasales. Quizá el mayor beneficio secundario de estar guardada hace más de 20 días.

Hice una pausa en mi escrito, necesitaba ducharme, son las 17 horas, el hecho de no tener que salir corriendo permite que uno pueda tomarse más relajado el día. Eso sonó divertido al principio, pero en él transcurrir, hay una voz que me dice, que me arme una rutina, que me arregle como si fuera a comer afuera, que no me deje estar porque eso a la larga o a la corta puede ser perjudicial.

Si hay algo que estos días de aislamiento social obligatorio me está enseñando es que nadie esta exceptuado del dolor, todos estamos en la misma línea, y en cierta forma a pesar del distanciamiento físico, se está experimentando un acercamiento distinto, un mirar al otro y decir te entiendo, si, mirarlo, a través de una pantalla, es una mirada nueva, y tal vez mucho más sincera que muchas anteriores.

Quedarse en casa, no es quedarse quieto, es simplemente parar, frenar, encontrarse, mirarse al espejo más de 5 minutos, ver a tu alrededor, afirmar que lo que el reflejo te muestra te gusta, o simplemente enfrentarte con eso a lo que le venís escapando.

Darse cuenta que el problema en si no es este enemigo invisible del que todo el mundo habla, sino todo lo que desencadena, lo que nos produce. Hacerse cargo de las cosas, enfrentarte/se ante la incertidumbre, ver la mitad del vaso lleno, sacar lo mejor de uno.

Terminé mi café. Un vicio nuevo en estos días.

Visionando un futuro, imagino muchos diarios de cuarentena, anécdotas, ya siento la fuerza de la resiliencia por la que muchas personas tuvieron que atravesar. Que esto no nos deje solo personas enfermas y muertas, que esto nos deje el saber que, ante determinadas situaciones, cuando la vida de un plumazo te cambia el tablero, uno tiene que saber poder como adaptarse. A veces no es necesario tener el problema enfrente y aprenderlo a golpes, está bueno que te lo enseñen, que te marquen el camino, que te guíen, te den la teoría, la practica la pone uno. Linda tarea para el hogar para los programas escolares.

Del otro lado de la pared se escucha música, fuerte, muy fuerte, mientras intento concentrarme mi perro se me acerca y me apoya su patita en mi pierna. Los que tienen animales, saben de esta conexión especial a la que me estoy refiriendo. Eso hace que me ponga a pensar en las demás personas, que vaya más allá de mi situación personal. Me da impotencia. Pienso en la cantidad de mujeres y/o niños que deben estar en sus casas sufriendo maltrato físico o psíquico, no es que no se hable de eso, se habla, pero se hace poco.

De ahí mi cabeza se dispara para la cantidad de gente grande que está pasando este aislamiento. Me cruzo seguido con varios vecines, quieren hablar, de lo que sea, necesitan ese dialogo, esa interacción, con barbijos, erguidos, a paso lento, ellos siguen sobreviviendo a un mundo que seguramente entiendan más que nosotros, sus predecesores.

Hace poco en una mini serie que vi, el protagonista repetía una frase constantemente a modo de súplica: “Señor concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar, fortaleza para cambiar las cosas que pueda y sabiduría para entender la diferencia”, según leí esta frase pertenece al escritor alemán Reinhold Niebuhr.

Reconozco que me inspiró paz. Y a la vez, me llevo a pensar en la necesidad que tenemos las personas en apoyarnos en algo, necesidad visto como algo que sostiene, recordar la importancia de creer y de tener fe, es algo que se viene repitiendo crisis tras crisis, pandemias tras pandemias, y como, el hecho de tenerlo presente siempre, es lo más difícil de sostener, y me atrevo a pensar que hay algo que se juega a nivel inconsciente que hace que de vez en cuando todos nos soltemos para volver a creer, volver a sentir, volver a vivir, acaso, ¿de eso se tratará el vaivén de la vida?

Escribir hoy se convirtió en un paréntesis del día, un respiro, un aire fresco, un verdadero cable a tierra.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Cuidemos a nuestros viejos hoy y siempre

REFLEXIONANDO...